Axel Pauls

Muy mi querido señor mío”.
Don Axel Pauls o Harding.

Así se dirigiría respetuosamente por carta este gran señor a cada uno de ustedes. Podrá parecer anticuado pero no lo es, ni lo será. No puedo hablar en pasado porque esta gran persona está presente, y lo estará para muchos de nosotros infinitamente.

Axel: un tipo muy pintón, de un humor ácido y refinado, de una inteligencia aguda. Axel: un sobreviviente, un extremista de pensamiento. Axel: un ser incondicional a su gente y a su historia. Un tipo de cine, de cafetín, de jazz. Axel: un padre ejemplar, un abuelo compinche, un amigo leal y un gran compañero. Axel: tenista, agente de viajes, gran disfrutador del ocio, amante de los perros y de los chicos. Seguidor de sus hijos en todo. Un tipo de principios inclaudicables, gruñón, simpáticamente gruñón, que tomaba las banderas de los que no tienen voz y las hacía propias, siempre. Tener a Axel cerca fue y es tener un ángel guardián, un cable a tierra, un amuleto.

Nadie que lo haya conocido realmente puede no amarlo.
Me convoca su familia para dar estas palabras, y para mí es un honor demasiado grande. En lo personal, no tuve en mi vida a nadie tan defensor de mí, incluso más que yo. No tuve un escuchador igual, no tuve un comprensor igual, no tuve un guía igual, un maestro igual, un amigo igual.
Lo conocí hará ya veinte años. Él iba a producir Buenos Aires Viceversa, y el afecto fue inmediato. El barco salió a la mar y Axel capitaneó su llegada a puerto con gorrita. Seguimos siempre en contacto. Siempre. Encontré un padre elegido por mí. Cuando me tocó hacer mi película, pensé que sólo con él podía hacer algo así. En nadie confiaba a ciegas. En Axel, claro que sí.

Produjo La cifra impar, Sinfín, La película del rey, Buenos aires Viceversa, Imposible, Las mantenidas sin sueños, por citar algunas. Y después devino también actor: Buenos Aires Viceversa, El pasado, La punta del diablo, por citar también algunas otras.

Como productor, Axel no prendía una computadora, no sabía mandar un mail, no usaba ni calculadora. No hay programa de Excel que iguale sus cuentas en la rapidez y exactitud. El tipo: un genio total. En una servilleta de barcito, hacía cuentas inmejorables y planes de financiación, con cálculos de porcentajes en menos de segundos. Yo, con mi computadora al lado, tardaba horas en pasar al Excel sus cuentas, que en general eran tal cuales. Y si había falla era en el programa.

También me dictaba las cartas: “Muy mi querido señor mío…”. Y yo le decía: “¿No te parece poner «A quien corresponda» o «Estimado fulano»?“ “No, vos poné: «Muy mi querido señor mío, Don…»” Y así llegaban las cartas al INCAA. “Muy mi querido señor mío, Don Jorge Coscia“, luego “Don Jorge Álvarez“, luego “Doña Maria Lenz“, y ahora “Doña Liliana Mazure“. Esto les dará una idea del tiempo que pasamos juntos en nuestra balsa.

Podrá parecer poco serio que venga un productor y te haga el plan financiero y los costos de producción a mano, en una servilleta de papel. Seguro que todos ustedes inventarían una excusa para irse y rajar. Ahora que tenemos meetings y film markets nos creemos eso de la “seriedad“, pero sólo porque estamos en la era de la imbecilidad y el arte es un mercado, un súper. Creemos que es mejor un idiota que hace cuentas en un programa que queda impreso prolijo y tiene una tarjeta con el nombre y sello de una pyme o de una empresa. Parece más top, más grosso, pero en realidad quizá sólo sea uno de los tantos ladrones con los que más de una vez nos encontramos con Axel. Tipos de traje y corbata que no vieron una sola película entera, que están buscando que tengas un nombre “vendible“. Ése es el supuesto “arte” que terminamos haciendo. Y muchos productores grandes y serios, que saben manejar programas y no van a eventos con jeans gastados, como Axel, tampoco lo igualan, porque se adaptaron. Adaptarse puede ser tener sentido de la supervivencia, pero cuando hablamos de arte —si podemos hablar de eso—, adaptarse es perderse a uno mismo. Por eso Axel era único. Porque no se adaptó. Porque sobrevivió a toda esta mediocridad y pasó de ella, que es algo bastante diferente.

Axel creía en descubrir gente nueva o revivir gente vieja. Tenía sed de encontrar cosas importantes, trascendentes. ¿Cuáles? I don’t know. Si lo supiera me parecería en algo a él, y él es inigualable. ¿Por qué lo digo en inglés? Porque Axel hablaba inglés y alemán perfecto, pero escribía en servilletitas de barcitos y no tenía celular. Ni siquiera quería tener tarjeta. Y es el productor que yo seguiría eligiendo.
Gracias a su enseñaza y a su compañía eterna pudimos terminar nuestra película, Las mantenidas sin sueños. Los maestros no son sólo los que saben, ni los que dan su gran experiencia de vida como ejemplo. Los maestros —los grandes— pueden ser aquellos que nos enseñan a vivir mejor de lo que ellos han podido. Yo venero a Axel por eso: por haberme dado más de lo que él tuvo.

Nos falta todavía ceder en egoísmos y triunfos personales. Nos falta algo esencial, que es la enseñanza que siento que Axel me dice ahora al oído. Nos falta un premio en la Academia, en realidad el único importante, el que nos pertenecería a todos: el Premio Norte. El premio de saber a dónde tenemos que ir (que espero no sea sólo los Goya o los Oscar ). El premio de comprender cuál es el Norte —el sentido— de todo esto que buscamos.
Por Axel, por esos tipos únicos como Axel, hagamos cine de una manera digna, de una manera sincera, desde la necesidad de contar algo que de verdad valga la pena.

Vera Fogwill